Fracaso académico
Los estudios lo decepcionaban al máximo. Aquellos profesores que se pavoneaban por las aulas, no eran más que unos majaderos presuntuosos y funcionarios al fin y al cabo. La mayorÃa de los compañeros de clase, unos gaznápiros disminuidos psÃquicos que sacaban más notas que él por la sola razón de que eran capaces de aprender de memoria absurdidades o estúpidas mecánicas que permitÃan realizar de acuerdo al criterio de vaya usted a saber quién, ejercicios inútiles. Todo con el único fin de sacar una buena nota en el examen y repitiendo muchas veces el mismo procedimiento, la posterior consecución de un tÃtulo impreso en papel satinado que no capacitaba en absoluto para nada.
Sin embargo, la universidad en sÃ, como institución, le encantaba. Allà hasta habÃa conocido a varias personas que realmente se salÃan de la insÃpida normalidad que aqueja a la mayorÃa de los mortales. Eso era lo único que merecÃa la pena de estudiar.
Perico limpió sobre la mesa los restos de tabaco y marihuana. Humedeció un retazo de una de sus camisas viejas y la limpió hasta que la superficie no quedara pegajosa. Luego, tomó de su mochila un mamotreto de fotocopias que guardaba directamente dentro, sin ningún tipo de carpeta o archivador. LucÃan arrugadas y estaban escritas con el mismo tipo de letra, en blanco y negro de fotocopia, con algunas lÃneas en cursiva o negrita por todo ornamento. Leyó una lÃnea de una hoja elegida al azar. Después intentó ordenarlas cronológicamente para finalmente, barrer de un manotazo de todos los apuntes que cayeron a plomo sobre el frÃo y sucio suelo. -¿Por qué aún no han descubierto que esta no es la mejor forma de estudiar?-
Su interés por la psicologÃa no obstante, seguÃa intacto e impoluto. Se puso a rememorar aquellos viejos tiempos en los que abandonó los estudios y comprendió muy bien el porqué. No quiso culparse a sà mismo, sino a una sociedad completa que se empeñaba en desperdiciar talentos como el suyo. Algún motivo lo empujaba a creerse un erudito sin jamás haber hecho alarde de ello. Algo lo hacÃa saberse superior a todos los que manejaban más datos y obtenÃan calificaciones superiores y creÃa en ello con una fe tan ciega, que de vez en cuando resultaba convincente incluso para sà mismo.
Recuerdos y suvenires
Escapa a mi comprensión el hecho de que se puedan vender y comprar recuerdos, regalarlos y que realmente sirvan para rememorar algo. No entiendo la razón que lleva a que proliferen tiendas que venden objetos y que por un exceso de francofilia los llaman suvenires. Tengo algunos traÃdos de varios lugares que alguien visitó y decidió comprar para mÃ: Un cenicero con la inscripción Recuerdo de Palma de Mallorca, un autobús metálico con una pegatina abajo en la que se lee London Souvenir, una torre Eiffel en miniatura que alguien dilucidó que no necesitaba etiqueta de origen, una figurita de una góndola que reza Ricordo di Venezia. Todas me las han dado sin que las demandara de ninguna manera y me hallo en disposición de jurar que ninguna me evoca la más vaga reminiscencia de esos lugares en los que puede que estuviera vez alguna o no.
Para mà los objetos de recuerdo existen, aunque raramente hizo falta pagar por ellos. Conservo un trozo de papel cuadriculado, con algunas palabras escritas del puño y letra de mi primer amor: “¡Sorpresa, soy…! Y a continuación su nombre.
También guardo como una reliquia el móvil Nokia 3310 que me interrumpió la fiesta la primera vez que hice el amor.
En un cajón del armario, yace el primer peluche que me regalaron siendo niño y aún obran en mi poder los libros de preescolar, legajos enteros de grandes folios amarillenos con cenefas y series de figuras geométricas que jamás me salÃan iguales. Los cuadernillos de caligrafÃa cuya letra iba empeorando a medida que volvÃa a copiar una y otra vez la misma frase, debido a la impaciencia y la falta de ganas.
En una caja de las primeras botas militares que me compré yo mismo, puse el primer paquete de tabaco Fortuna que compré a los catorce años, el encendedor con el que le di candela y una colilla con marcas de pintalabios de la primera extraña que se vino a pasar la noche conmigo sin yo conocerla de nada.
Atesoro felicitaciones, exámenes corregidos, boletines de notas, fotocopias de carné de identidad antiguas y en color cuando era posible, de miembros de mi familia y amigos que ocasinalmente me pidieron que se las digitalizara. FotografÃas de exnovias, de amores platónicos, de extrañas que encontré tiradas en la acera o sobre el alquitrán de la calle.
El valor que concedo a cada cosa tiene que ver exclusivamente con lo que me hace sentir, con lo que me trae a la memoria o son objetos que adquiere de manera inherente a la actividad que desempeñe. ¿Comprar recuerdos? Bah… Los recuerdos uno los encuentra y los almacena en la memoria. No son fÃsicos ni un bien susceptible de ser pagado.
Perico y Scottex -
Le resultaba facilÃsimo hacerse el duro. Lo hacÃa con una teatralidad propia de actor y en demasÃa, si tenemos en cuenta la poca dificultad que entrañaba engañar a un grupo de drogadictos.
Perico, en el fondo, a él, aquellos enganchados le producÃan bastante lástima y al mismo tiempo le daban miedo. Lástima, porque se reconocÃa en ellos; miedo, porque algunos le recordaban lo que le terminarÃa pasando si no conseguÃa dejar de aumentar su dosis diaria del que era justamente su nombre: Perico.
El etarra era cauto. No se metÃa tanto. No despilfarraba tanto. No querÃa llamar la atención y reprobaba la conducta de Perico hasta tal punto de amenazarlo con pegarle un navajazo si no cesaba en su actitud derrochadora.
Perico se habÃa comprado un Scalextric enorme. HabÃa reservado una habitación del piso para instalar la pista. También tenÃa un Ipod última generación, cuatro videoconsolas último modelo y un arsenal de juegos. Cuando no estaba vendiendo marihuana o farlopa, pasaba el tiempo metido en casa entre un sinfÃn de cables y mandos de juego.
Todo esto unido al hecho de que ya no trabajara, sin haberse tan siquiera molestado en retirar una prestación por desempleo a la que tenÃa derecho dados los meses cotizados a Hacienda, lo volvÃa un sujeto más que sospechoso a los ojos de todo el bloque de vecinos.
Su aspecto tampoco ayudaba mucho. Se habÃa vuelto a abandonar otra vez, salvo porque ahora se ocupaba un mÃnimo de su higiene personal.
-Vamos a mudarnos- Siguió el Etarra.
-¿Qué? Este piso es barato y está de puta madre- Se opuso Perico.
-Ya, pero tú lo has jodido porque eres gilipollas- Explicó el Etarra con un tono impasible. El Etarra sólo tenÃa un tono para hablar desde que volvió con fuerza al mundo de la nieve en polvo; el amenazante. Lo usaba indistintamente con sus subalternos, sus clientes de postÃn y hasta con sus padres y amigos. Por Perico hacÃa tiempo que no tenÃa la más insignificante indiferencia. Se habÃa comenzado a meter demasiado y se estaba convirtiendo claramente en un lastre.
Él mismo, habÃa pasado épocas asÃ. Por eso al principio no se lo reprochaba. Pero una cosa es meterse mucho esporádicamente y otra hacerlo durante una temporada tan larga. Tampoco era plan de convertirse en la carroña humana que eran los consumidores fuertes de drogas. Una raya, dos, tres al dÃa; pero no más. De vez en cuando unos cuantos dÃas sin meterse nada por la napia. Hay que darle gusto al cuerpo, no saturarlo de mierda.
¿Dónde se mudarÃan? TenÃa que ser un lugar quitado de en medio. En un sitio donde no hubiese demasiada bofia. Era necesario dejar Alcorcón, e irse a vivir a Madrid. Tal vez por la zona de la Plaza de Castilla o cerca del Paseo del Prado. Lo cierto es que para ser madrileño no conocÃa bien más que su ciudad y muy bien su barrio; el Etarra no se ausentaba más que para follarse algunas putas en un burdel de lujo o presumir delante de pijas que babeaban por su aire de chico malo. El hecho de que Perico se hubiera vuelto un excéntrico que habÃa dejado de tomar precauciones, lo acabó por disuadir de la necesidad de poner pies en polvorosa lo antes posible.
Perico aceptó partir. Le encantaba mudarse por todas las posibilidades que ello le concedÃa: PodrÃa elegir una habitación más grande, vivir cerca de los comercios y de paso, olvidarse de la chica que nunca dejaba de estar en su cabeza. De este tema, habló con el Etarra en uno de sus momentos de colocón máximo. El Etarra, era poco proclive a confidencias que el preferÃa llamar mariconadas. Cada vez que Perico se lamentaba de su infelicidad amorosa, primero se arrepentÃa de realizar tal confesión, una vez ya desvanecido el colocón. Luego se preguntaba por qué su compañero de piso y socio en el turbio negocio, era un tremendamente cruel cabronazo de mierda.
-Vete de putas, imbécil. Deja de comprarte aparatitos de mierda y de pajearte en tu cuarto y vete a meterla en algún sitio que no te complique demasiado la existencia; o por si, como en mi caso, te apetece un poco mejorar la calidad de la tipa que te penetres.
Lo hacÃa sentirse fatal, el hecho de haberse dejado embaucar por El Etarra en el narcotráfico. ¿Y si iban a la cárcel? Lo único que faltaba es quedar encima relegado a un prostibulario de alta categorÃa ni en un putero de polÃgono, según el dinero disponible variara en función de las fluctuaciones de su negocio.
TenÃa que llamar a Adriana. TenÃa que verla. No importaba si tenÃa novio, o si éste iba a volver de América; simplemente contemplarla lo reconfortarÃa. Por consiguiente, ahora mismo le resultaba imposible pensar en sexo. HacÃa tiempo que habÃa abandonado a su querida trÃada y simplemente se pasaba el dÃa colocado. Meter la polla en diferentes vaginas varias veces por semana, no hacÃa que aquéllas no fueran las mismas tres vaginas; y aun habiendo conseguido esa codiciada tercera vagina, se dio cuenta de que como siempre, necesitaba la vagina de la chica de sus sueños y no cualquier vagina o grupo de vaginas, independientemente de su calidad y número.
Definición erótica de la lectura
Leer es amarte en cada libro, en cada página, en cada lÃnea, en cada letra, en cada trazo
A-M-A-R-T-E
Amargamente, como un moribundo que se amotina en la remota idea de tenerte
Al menos a recordarte tácitamente ensimimada
A cada minuto, a cada rato, tú en en tu mundo
A mucha honra amante recóndito que no te toca ni enciende
Perico y Scottex - Anuncios a favor de la droga
Ten amigos, consigue novia, encuentra trabajo, estudia una carrera, vÃstete a juego, cuida tu imagen, cómprate una casa, preocúpate de cómo haces sentir a los demás, sé noble, mantente fiel a tu palabra, conviértete en alguien de confianza, asume responsabilidades …
O toma drogas y haz tu vida más simple.
Cuando todo te sale mal, siempre se necesita una forma de poder olvidarlo.
¿Triste por volver solo otra vez a casa? Drógate y olvÃdalo.
Hay dos tipos de personas; los que no consiguen lo que quieren y se hunden por ello en la miseria, o los que se colocan frente a los fracasos.
-¿Tú de verdad crees que esté bien vender droga, Etarra?
-¿Por qué no? Si no la proporcionáramos nosotros, otro acometerÃa la tarea. Y es mejor que nuestras mercedes se queden con el dinero, en lugar de esas sucias mafias del este.
-A veces me veo tentado de dejarme convencer por tus razones.- Reconoció Perico.
-Pues no te lo vas a creer, pero yo hace tiempo que las digo con tanta convicción, que me las he acabado creyendo.
-Se me ha ocurrido otro anuncio: Toma drogas y pon un poco de convicción a la ensoñación de tus ilusiones.
-Rebuscado; pero es el que más me gusta. De todas formas, la táctica de mercadotecnia más plausible, sigue siendo la prohibición. Si no estuviera prohibida, probablemente la venderÃan con mayor calidad y a un precio irrisorio en el supermercado. No se consumirÃa tanto y dejarÃa de representar que sus consumidores son por una parte pudientes y por otra, contra las normas sociales.
Perico y Scottex - Pipas de sandÃa
Pipas de sandÃa era la contraseña. Pipas de sandÃa para referirse a gramos de cocaÃna o de MDMA. Conversaciones telefónicas haciendo referencia a sucesos de la vida cotidiana del narcotraficante, con mil variantes para los diferentes significados convenidos: Pipas de sandÃa bermellón, para la farlopa de primera clase; medio de pipas de sandÃa, para el medio pollo; ¿tienes ya las pipas de sandÃa que necesitamos? Queremos venderte unas pipas de sandÃa que han sufrido un pequeño accidente, a muy buen precio, claro.
Se habÃan molestado no sólo en camuflar sus conversaciones, sino en preparar la coartada: Pegaban con cola pipas de sandÃa en la pared, en cartones recortados, en los mecheros, los sofás… Hasta que al final, se acabó convirtiendo en algo casi artÃstico.
Pipas de sandÃa, cuatro kilos a veinte el gramo. Y un nuevo objeto revestido de pipas de sandÃa como lentejuelas negras. La casa parecÃa el interior de una inmensa pipa de sandÃa. El nuevo cártel de pacotilla del barrio formado por los dos compañeros de piso unidos en un tándem más deleznable que la historia de España.
¿En qué momento Perico se habrÃa dejado convencer para entrar en el negocio? Según él mismo, después de una tarde depresiva, regada con ginebra en la que entre los dos extendieron regueros de coca sobre una gran bandeja formando la palabra VIDA.
Durante las vacaciones de Navidad
Me habÃa acostumbrado en los últimos meses a prestar mucha atención cuando la gente hablaba. Era normal, puesto que vivÃa en un ambiente francoparlante y cada palabra contaba. TenÃa que ser descifrada y traducida o conseguir que me hiciera una idea directa de una realidad que podrÃa resultarme vital.
L’inscription pédagogique, le RER, pardonnez-moi monsieur, vous aviez rendez-vous avec Madame la Coordinatrice?
Y si no vital, intrÃnseca a los eventos sociales y festivos: Passe-moi la chicha, celle-là , qui s’appelle Schöfe; peux-tu me prêter ton ouvre-boîte?; à quelle heure ferme le métro? ; ça fait combien pour la bière? c’est gratuite l’entrée, jusqu’à quelle heure? Demain je vais rater mon cours!
En cambio ahora llego a Madrid y la gente habla español. Y casi parece mentira que los vagones de metro no estén llenos de trucs y de quois; o que el kebapero de la esquina te diga “tÃo” den lugar de monsieur.
Es curioso cómo hasta antes de mi estancia en el extranjero, sólo habÃa vouvouyeado a los profesores y sin embargo, hizo falta una segunda persona para comunicarme de tú a tú con los franceses en un tutoyeo informal.
He cambiado de lÃnea de teléfono y de contactos en estos dÃas navideños; y el carné universitario de la Sorbonne Nouvelle por el DNI.
Me pregunto qué pasará cuando abandone definitivamente esa ciudad con catorce lÃneas de metro, cuatro tranvÃas y otros tantos aeropuertos; tropecientos millares de autobuses nacionales e internacionales y cartes vélib para deportistas de la bicicleta. Todos ellos moviéndose, en trayectos dispersos, otras veces rutinarios, millones de kilómetros al dÃa recorridos por otros tantos de personas que sólo tienen en común el no dirigirse a ninguna parte. ¿No es maravilloso?
Meta alcanzada
Después de mucho tiempo deseándolo, por fin puedo afirmarlo: Ya soy el hijo de puta que siempre quise.
Discurso de navidad del rey
La navidad podrÃa bien ser, una avenida llena de abetos decorados con perros ahorcados en las ramas. O un niño africano hecho de mazapán, con la tripa hinchada por el hambre.
¿Por qué no? Navidad es tu Amor follándose a otro y un quinceañero degustando su primera anfetamina.
Navidad y un millón de propósitos inútiles concebidos para mejorar, cual si por un solo segundo creyésemos firmemente en ellos.
Navidad y zambombas y miles de asociales frente a una pantalla haciéndose una paja con dibujos manga.
Navidad y panderetas y todos los dientes que también castañetean desprendidos por mafias rumanas a base de hostias consagradas.
¡Ah, navidad! ¡Nieva! ¡Olvidemos de la crisis y metámonos rayas con billetes de quinientos!
Navidad, comemos pavo y nos cortamos la polla en rodajas de chóped para ponerla de oferta en cualquier cotillón de nochevieja.
Esta navidad los reyes magos nos traen a todos un año de menos que nos falta para chupar gladiolo.
Navidad, blanca y cristiana y belenes hechos con huesos y carne de paganos que el niñito Jesús ha matado.
Estas fiestas son dar y recibir, dar y recibir, dar y recibir por el culo;Â siempre por el culo.
¡Feliz navidad, a los hombres que ama el dios del vaticano, feliz navidad hijos de puta!
¿Adónde se fue la esperanza?
Cuán feliz se vive en la ignorancia de aquello que no quiere saberse.
Todo salió según estaba previsto y aún asÃ, es duro comprobarlo; procesar información visual de algo con lo que ya se contaba, tal que si se llevara años pensando que el cielo es celeste y ahora el celeste hiciera daño a la vista.
Es curioso cómo el verde de la esperanza se va difuminando hasta acabar en una tonalidad que recuerda más al sepia, al gris o al negro. En ello consiste convertirse en adulto: En cambiar la lente a través de la cual se mira el mundo y dejar de descubrir hadas donde habÃa meretrices y castillos donde sólo se amontonaba la arena.
La realidad está ahà fuera, inundándolo todo con una prosaicidad insoportablemente obvia. Cada elección cuenta en ella. No se trata de un simple juego de niños: Estar vivo duele, los pinchazos nos hacen sangrar y siempre es posible hallar un motivo para llorar más amargamente de lo que jamás uno se creyó capaz de llorar.
Lágrimas gota a gota, de cocodrilo; corriendo como acequias y dibujando surcos en un rostro transfigurado en un terreno cada vez más reseco a la orilla de los rÃos de llanto; lágrimas de magdalena, en cascada; sólo lagrimas, servidas en una taza dispuesta para ser bebida e hidratarnos con la única finalidad de permitirnos llorar de nuevo más adelante.
Hay quienes perdieron la inocencia en el colegio, un dÃa como otro cualquiera en que vieron lo barata que era la amistad o lo fácil que resulta traicionar la confianza por parte de quien no la valoraba lo suficiente. Están quienes la perdieron junto con la virginidad, al robar un llavero de una tienda de recuerdos, observando a hurtadillas por una rendija… Sea como fuere, viviendo.
A fuerza de doblar un alambre por el mismo punto, éste se corta en dos partes y cada una de ellas podrÃa volver a dividirse en otras tantas, cada vez algo más rÃgidas; pero sin embargo, llega un momento en que los trozos son tan pequeños que es imposible fraccionarios sin la ayuda de unas tenazas. Lo peor, es que la eternidad no concierne a los mortales y al regresar con la herramienta en las manos, se ha acabado el tiempo y es el final de una partida en la que hemos perdido.
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